18.4.10

Los jóvenes



El hábito de proferir necedades sobre los jóvenes, es uno de los comportamientos más enraizados en los humanos que, como la menstruación o la producción de esperma, parece responder al funcionamiento del reloj biológico. Es un fenómeno que no respeta culturas ni épocas: ya en un papiro egipcio un escriba se quejaba del comportamiento y la falta de respeto de los jóvenes y desde entonces filósofos, personajes ilustres y analfabetos han creído su deber expresar su descontento por la siguiente generación.
¿Qué es lo que nos molesta hoy de los jóvenes, cuáles son esos vicios de los que conversamos escandalizados? La lista es casi interminable, pero quizá el más grave es el de no tener ideales ni valores.
Pasemos por alto el hecho de que inquisidores, nazis y estalinistas tenían valores e ideales, y no por eso son merecedores de emulación; pero si nos fijamos en las fotografías de manifestaciones contra la globalización, contra las reformas educativas sin sentido, o de los que acampaban para pedir un aumento de la ayuda al Tercer Mundo, vemos que la media de edad es muy inferior a la de sus críticos.
¿Quién se va con una ONG a países arrasados para ayudar a combatir la miseria o la injusticia? ¿Quienes se encadenan a las vías de ferrocarril para evitar el paso de trenes con residuos nucleares?
Quizá lo que nos molesta no es su falta de ideales y valores, sino que éstos no coincidan con los nuestros. Alimentamos con la nostalgia el recuerdo de nuestras luchas, de nuestros ideales, pero no nos unirnos a las batallas de nuestros jóvenes, preferimos ignorarlas, como ignoramos sus virtudes y habilidades si no las compartimos.
Pero por supuesto, siempre estamos dispuestos a criticarlos porque salen de botellón, aunque lo hagamos mientras tenemos en la mano el tercer whisky de la tarde. Nos quejamos de que se pasan el día viendo la tele, jugando con el ordenador o la consola, cuando nosotros no somos capaces de de prescindir de ello.
Nos lamentamos de que son “extremadamente competitivos", después de asustarles una y otra vez con el desempleo, con lo dura que es la vida, con que hay que ser el mejor para encontrar un lugar en el mundo.
"Pero no me negarás que son violentos", opinan quienes quisieran que los chicos hiciesen la mili para aprender a matar al servicio de las instituciones o quienes, para arrimar el ascua a su sardina electoral, avivan el resentimiento por los empleos que los inmigrantes quitan a los jóvenes parados.
Ah, casi se me olvida: la música que oyen es una porquería, mientras que la de los años 80...
Dejemoslo ahí: aceptaré que los jóvenes de hoy son dados al exceso, no conocen el respeto, no valoran nuestras instituciones, no hacen aquello que les decimos que deberían hacer, y eso que es por su bien. Y es que los jóvenes de hoy, como los de ayer --es decir, nosotros-- pasan de la opinión de sus mayores e intentan inventar su propio mundo porque, en definitiva, eso es ser joven.
A la hora de hablar de ellos creo que sólo hay un principio con validez universal: desconfía de la opinión que una generación tiene de la siguiente y educalos con el corazón, no para que terminen siendo un estereotipo social, sino para que sean la semilla que hará de este mundo el lugar que todos deseamos.
 

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